— cuaderno · viajes · burgos · gipuzkoa · octubre 2026
el norte.
del bloque a la basílica.
Tres días en el norte con una misma pregunta: qué le pasa a la piedra desde que sale de la montaña hasta que se convierte en arquitectura. Una cantera en el Valle de Mena, una villa amurallada junto al Bidasoa y una basílica que escandalizó en los años cincuenta. Y la lluvia, que en el norte también trabaja la piedra.
texto y fotos: Ray Ródenas, arquitecto · octubre 2026

la cantera.
La primera parada fue la cantera de Arival, the grey stone company, en Castrobarto, en el Valle de Mena (Burgos). Nos la enseñó el dueño de la empresa, y la primera impresión es de escala: la montaña se abre en bancos verticales de varios metros, con caras planas y aristas limpias. Antes de ser fachada o suelo, la piedra ya parece arquitectura. Un edificio al revés: aquí la arquitectura se quita, no se pone.



Lo que más nos llevamos no es la foto del frente, sino lo que solo se ve de cerca. El color real de la piedra aparece en el canto vivo, donde el bloque acaba de romperse: casi negra, color cemento. Y cada bloque lleva la huella de cómo se sacó, con las marcas de la barrena todavía en la cara.


En el parque de bloques se decide la obra: color, veta y tamaño, antes de que el material llegue al taller. Por eso vamos a cantera. Una foto de catálogo no enseña cómo cambia una piedra de un bloque a otro; el bloque sí.



la muralla.
De Burgos subimos a Hondarribia, en la desembocadura del Bidasoa. La villa conserva su muralla, levantada con arenisca del monte Jaizkibel, que está a pocos kilómetros. Se entra por la Puerta de Santa María, con el escudo de la villa de 1694, y arriba espera la Plaza de Armas, frente al castillo de Carlos V, hoy Parador.
Llegamos de noche y con lluvia, y volvimos a la mañana siguiente con sol. Mismos sitios, misma piedra, y parecen otros. De día la arenisca se ve dorada y mate; mojada y con luz rasante, oscurece y saca toda su textura.


En la Plaza de Armas pasa lo mismo con el suelo. De día, las grandes losas casi pasan desapercibidas. Mojadas, cambian de color: rojizas, ocres, verdosas. La lluvia es el mejor pulido que existe, y el más barato.



En las calles del casco, de día manda el color de la madera de los balcones. De noche, con el adoquín mojado, la madera se apaga y la piedra brilla. Y el suelo tiene sus propios detalles: tiras de piedra que cosen el adoquín y marcan el camino.



«Elegir una piedra también es pensar cómo se verá con lluvia.»— lo que nos llevamos
arantzazu.
La última parada fue el santuario de Arantzazu, en Oñati, colgado sobre un barranco. En 1950 los franciscanos deciden construir una basílica nueva, y la firman Francisco Javier Sáenz de Oiza y Luis Laorga. El proyecto fue tan atrevido que la polémica paralizó durante años los trabajos de decoración. La arquitectura ya estaba en pie, pero su expresión artística tardaría mucho más en completarse.
La fachada es lisa, de piedra, y la enmarcan dos torres, igual que el campanario lateral de 44 metros. Las torres están hechas con bloques de piedra caliza tallados en punta de diamante: aluden al espino donde, según la leyenda, apareció la Virgen. De lejos es una textura; de cerca, cada bloque es una pirámide de piedra que no se puede tocar sin sentirla.





Sobre la portada, el friso de los catorce apóstoles y, arriba, la Piedad: los dos son de Jorge Oteiza. El friso, labrado en piedra gris de Markina, la tierra del Negro Marquina, no se colocó hasta 1969. Las cuatro puertas de hierro son de Eduardo Chillida. Piedra, hierro y, dentro, madera: tres materiales que envejecen bien juntos.



Dentro, una sola nave de 66 metros de largo y 20 de ancho lleva la mirada al ábside de Lucio Muñoz, inspirado en el paisaje abrupto de Arantzazu. Las vidrieras son de fray Javier María Álvarez de Eulate, y los murales de la cripta, de Néstor Basterretxea.



lo que nos llevamos.
De la cantera a la basílica, el viaje deja tres ideas que aplicamos en cada proyecto. La primera: el bloque se elige en origen, porque ninguna foto enseña cómo cambia la piedra de un bloque a otro. La segunda: la piedra se piensa también mojada, porque el clima la cambia más que cualquier acabado. La tercera, de Arantzazu: un mismo material, liso o tallado, puede contar dos cosas distintas. La textura también es arquitectura.




nada más.
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